Sentarme en el viejo banco

 

 

¿Cómo interpretamos las marcas que nos quedan por habernos entregado a otros?

Me dirigía al coche dispuesto a completar el resto de mi jornada de trabajo y la visión de este viejo banco me fascinó. De pronto se detuvo mi agenda y se activó ese rincón del corazón que todos solemos tener tan protegido del mundo exterior.

Viéndolo me pregunté… ¿nadie se sienta en él porque se ha envejecido o es que se ha envejecido porque ya nadie se sienta en él?

Pensé que me gustaría conocer su historia. Que me hablase de la gente que ha conocido mientras soportaba sus espaldas.

Quizá algunas parejas de enamorados que entre vergüenza y pasión se confesaban palabras que nunca se dirían ante nadie. Quizá algún viajero cansado buscado el mejor minuto de una frustrante jornada. Quizá algunos de esos “locos bajitos” que lo usaron de plataforma de lanzamiento para sus petardos, o acaso algún vagabundo para quien fue un lecho donde dormirse viendo las estrellas…

Pero para saber eso debería sentarme en él y mis estirados prejuicios, junto a una agenda excesivamente obsesionada con el tiempo, me zarandean señalándome que su aspecto tan falto de atractivo, viejo y destartalado era un riesgo innecesario del que podía prescindir.

Me costó ver que su vejez y su aspecto destartalado son las coronas obtenidas después de servir a tanta gente escuchando el palpitar de sus vidas en silencio y sin exigirles nada a cambio del reposo ofrecido. ¿Cómo interpretamos las marcas que nos quedan por habernos entregado a otros? Quizá, aunque no tengan buen aspecto, sean coronas, de esas que pocos quieren ponerse porque hay pocos dispuestos a hacer de “banco”.

Descansa en paz amigo, aunque quizá huelgue decírtelo porque  en materia de descanso y de paz tú eres el doctorado y yo un simple aprendiz.

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