Levantarse o patalear

El problema no son las cuestas ni las caídas, sino lo que hago con ellas.

Disponía de una tarde libre y mi esposa y yo fuimos paseando hacia el puerto. El Sol nos regalaba su despedida teñida de rojos y añiles, así que nos sentamos en un banco para disfrutar del espectáculo. A cierta distancia observamos una familia con papá mamá y dos pequeños. El niño, de cinco o seis años iba en una bicicleta de dos ruedas y avanzaba algo inseguro intentando ir en línea recta mientras conservaba el equilibrio.

La niña, probablemente de dos o tres años de edad, iba en su triciclo y emulaba a su hermano, pero avanzando con algo más de soltura gracias a sus tres ruedas. Se dirigió hacia una pequeña cuesta y la atacó en diagonal, ignoro si por casualidad o en un alarde de estrategia precoz. A los pocos metros sus piernecitas ya habían entregado todas sus fuerzas y se detuvo. Como estaba en posición diagonal su triciclo se ladeó vencido por el peso de su cuerpo y cayó.

Afortunadamente la caída fue más espectacular que dañina, sin embargo, al verla pensé que era una experiencia lo suficientemente fuerte como para que una aventurera de tres añitos rompiera a llorar desconsoladamente reclamando los brazos protectores de sus papas, pero al instante se levantó, se sacudió el polvo y sin pronunciar palabra enderezó su bicicleta y siguió pedaleando a sus anchas por terreno más estable. No pude evitar una sorda carcajada. Brillante lección de serenidad temprana, pensé.

Su hermanito de seis años también se sintió retado por otra cuesta empinada. Enfiló directamente hacia ella en línea recta y pedaleando con tanta energía que casi perdió el equilibrio. Mientras se acercaba a su objetivo le oímos lamentarse. Las cosas no le iban como él esperaba, se sentía inseguro sobre su bicicleta pero sabía que ya era demasiado tarde. A escasos metros del final, sus piernas dijeron basta. Como ocurrió con su hermana, la bicicleta se detuvo y vino la inevitable caída. A diferencia de su predecesora, él se quedó en el suelo inmóvil llorando a lágrima viva mientras reclamaba entre sollozos la presencia de sus papás.

Como yo estaba más cerca de él llegué antes que sus progenitores y le ayudé a levantarse mientras observaba sus brazos, manos, cara y piernas. Todo correcto. Ni siquiera un rasguño en la ropa. Las heridas eran invisibles y solo estaban en su denostado amor propio.

La tentación de comparar ambas actitudes ante el mismo batacazo era irresistible. Se diría que mientras aquel muchachito se acercaba a la cuesta, la increpaba por estar ahí como si fuera la responsable de robarle el triunfo.

El problema no son las cuestas ni las caídas, sino lo que hago con ellas. Aun teniendo cerca de nuestra nariz el inconfundible olor del polvo que hay en el suelo del fracaso podemos escoger levantarnos, enderezar trayectoria, aprender del error y seguir. El tesón que necesitamos para llegar a las metas lo compramos con los fracasos y las cuestas que encontramos mientras nos dirigimos hacia ellas.

Hay momentos en los que no podemos evitar caernos de bruces y fracasar, sobre todo cuando aceptamos el reto y la responsabilidad de decidir para avanzar hacia una meta. Sin embargo, sí que podemos evitar quedarnos pataleado en el suelo, buscando culpables y aterrados por el miedo de volver a fracasar. Una campeona de tres añitos me enseñó a hacerlo.

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